jueves, 18 de abril de 2013

Viviendo de Verdad


..niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.
                (Tu Risa, Pablo Neruda)

Esta clase me ha gustado bastante. Nunca pensé que estaría aprendiendo filosofía en mi clase de literatura hispana, sin embargo ha sido una oportunidad para no sólo disfrutar el poder artístico de la literatura pero también reflexionar sobre los pensamientos más profundos y grandes que se han pensado en la humanidad.
                No obstante todas las teorías interesantísimas que hemos aprendido, la obra que más me gustó de esta clase ha sido este sencillo poema de Pablo Neruda. Creo que me gusta porque habla de lo que significa realmente vivir. Vivir no se trata de solamente tener pan, aire, o luz. Vivir no se trata de irte a la universidad por cuatro años, obtener un buen trabajo, y ganar un buen sueldo trabajando de nueve a cinco todos los días. Vivir no se trata de volver a la casa, ver un poco de tele, comerte una cena, tal vez hacer un poco de ejercicio, y dormir el recomendado ocho horas de sueño cada noche. Como enseña Neruda, eso es solamente sobrevivir.
                Creo que es importante recordarnos de ese hecho, especialmente aquí en la universidad. Estudiamos, nos estresamos, y casi nos matamos por poder obtener esas cosas que consideramos totalmente necesarias para la vida cuando en realidad la vida real se nos va escapando entremedio los dedos como arena. Al enfocarnos tanto en “el pan, el aire, la luz [y] la primavera” no tenemos el tiempo ni con quien compartir una risa, una espada fresca, lo que nos abre todas las puertas de la vida.
                Así que por eso me gusta ese poema. Me gusta porque cuando lo leo, pienso a mí mismo: “Jonathan, apagá tu computadora, dejá de hacer las supuestas cosas importantes de la vida, salí de tu habitación y viví.” Y ahora pienso a hacer justamente eso. Gracias amigos, ha sido un semestre fenomenal. Que no les pasen un día de sus vidas sin realmente vivir.

                -Jonathan Spencer

jueves, 11 de abril de 2013

¿Vale la pena?



Una de las temas principales de la pelicula “La Misma Luna” fue la del sacrificio. La idea general del sacrificio es una inversión. Nos privamos de algo o sufrimos algo ahora porque esperamos que ese acto nos dé algo mejor en el futuro. La pelicula está repleta de ejemplos de eso. Rosario sacrifica estar con su hijo para que él viva mejor. Carlitos asume el peligro de cruzar la frontera para poder estar con su mamá. Los estudiantes universitarios asumen el peligro de esconder a Carlitos para poder pagar la matrícula. Enrique sacrifica su vida en los estados unidos para que Carlitos pueda estar con su mamá.

¿Todos estos sacrificios valieron la pena? ¿Cómo sabemos si un sacrificio realmente valdrá la pena? Para contestar esa pregunta se me vino a la mente un cuento qué leí hace tiempo. Se llama “El regalo de los magos” y cuenta de una pareja pobre, cada cual en busca de regalos navideños para el otro. La esposa vende su cabello hermoso para comprar una pulsera para el reloj de su esposo, y el vende su magnífico reloj para comprar cepillas para el cabello de ella. Aúnque sí, fue una tierna muestra de amor, cada uno sacrifica su tesoro más preciado para hacer que la vida sea mejor para el otro. Irónicamente, ambos terminaron con regalos inútiles, habiendo sacrificado lu que justamente era el objeto del obseqio del otro.

Creo que cuando Rosario decidió ir a los estados unidos creía que ese sacrificio que estaba haciendo para hacerle la vida mejor para Carlos valía la pena, pero para me parecía como comprarle cepillos a alguien que no tiene pelo. ¿De que vale tener todo el dinero del mundo si no estás feliz?

Yo creo que debemos identificar nuestros tesoros más preciados y mantenerlos sagrados, intocables. ¿Vale la pena hacer trampa en un examen para sacar una mejor nota? ¿Vale la pena pasar todo tu tiempo estudiando o trabajando y perder tiempo valioso con seres queridos? ¿Vale la pena negar tus valores para ganar popularidad en ciertos círculos? Un sacrificio nunca debe quitarte tu tesoro más preciado.  

“All these people ask me: Is lonely at the top? Or do I find comfort in all the things I’ve got. Well these cars keep me moving, these planes keep me high, a million dollar home but I’m barely gettin’ by.” - Jamie Foxx

jueves, 4 de abril de 2013

Crucificando a los inocentes



Cuando ví María Candelaria creo que uno de los primeros sentimientos que se me vinieron fue enojo, enojo hacia esa gente del pueblo que simbólicamente crucificaron a esa mujer inocente y pura. Me hizo pensar en cómo puede haber una dualidad en la sociedad, donde ellos aceptan a gente mala, de apariencia buena, con brazos abiertos, pero rechazan a gente buena, solo porque algo de ellos no corresponde con los valores de la sociedad. En el ejemplo de María Candelaria, la gente aceptaba con facilidad a Don Damian, quien era la personificación de lo malo, pero rechazaba a María porque, aunque sabemos que ella era buena, tener mamá prostituta no correspondía con los valores tergiversados de la sociedad.
Cómo miembros de la iglesia, es muy fácil sentirnos los inocentes víctimas del juicio del mundo; ponernos en el papel de María. Sin embargo, hoy leí algo que me hizo cuestionar si no realmente somos la gente del pueblo. Leí el blog de una chica que ella misma se llama “the tattooed mormon.” (http://alfoxshead.blogspot.com/) Bueno, ella tiene un buen de tatuajes en sus brazos y cuenta que se bautizó en Nueva York y poco después de su bautismo sintió la impresión que debía venir para Utah. Aunque todos sus amigos le dijeron que no iba a caber en Utah, siguió la impresión y se vino. Cuando llegó estaba en un Café Río con sus escrituras y sintió que todos la estaban mirando como si sus ojos fueran láseres cortándola con la vista. Un hombre le dijo: “Sabes que te ves muy irónica, ¿no?” Lo bueno es que ella pudo responder, no con amargura o enojo, sino con alegría diciéndole que se acaba de bautizar y era su primer día en Utah. Desde entonces, ha podido mantener esa actitud buena a pesar del juicio que constantemente recibe por su apariencia.
Creo que como miembros de la iglesia nos es muy fácil aceptar a gente que tiene la apariencia de ser buena, pero somos súper rápidos para juzgar a alguien que tenga la apariencia de un “pecador” aun cuando sea totalmente bueno por dentro. El moral de las dos historias es lo mismo: no pongas etiquetas sobre las personas, y no juzgues los libros por su tapa. No quieres cargar durante toda la vida la culpa de crucificar a un inocente.