jueves, 4 de abril de 2013

Crucificando a los inocentes



Cuando ví María Candelaria creo que uno de los primeros sentimientos que se me vinieron fue enojo, enojo hacia esa gente del pueblo que simbólicamente crucificaron a esa mujer inocente y pura. Me hizo pensar en cómo puede haber una dualidad en la sociedad, donde ellos aceptan a gente mala, de apariencia buena, con brazos abiertos, pero rechazan a gente buena, solo porque algo de ellos no corresponde con los valores de la sociedad. En el ejemplo de María Candelaria, la gente aceptaba con facilidad a Don Damian, quien era la personificación de lo malo, pero rechazaba a María porque, aunque sabemos que ella era buena, tener mamá prostituta no correspondía con los valores tergiversados de la sociedad.
Cómo miembros de la iglesia, es muy fácil sentirnos los inocentes víctimas del juicio del mundo; ponernos en el papel de María. Sin embargo, hoy leí algo que me hizo cuestionar si no realmente somos la gente del pueblo. Leí el blog de una chica que ella misma se llama “the tattooed mormon.” (http://alfoxshead.blogspot.com/) Bueno, ella tiene un buen de tatuajes en sus brazos y cuenta que se bautizó en Nueva York y poco después de su bautismo sintió la impresión que debía venir para Utah. Aunque todos sus amigos le dijeron que no iba a caber en Utah, siguió la impresión y se vino. Cuando llegó estaba en un Café Río con sus escrituras y sintió que todos la estaban mirando como si sus ojos fueran láseres cortándola con la vista. Un hombre le dijo: “Sabes que te ves muy irónica, ¿no?” Lo bueno es que ella pudo responder, no con amargura o enojo, sino con alegría diciéndole que se acaba de bautizar y era su primer día en Utah. Desde entonces, ha podido mantener esa actitud buena a pesar del juicio que constantemente recibe por su apariencia.
Creo que como miembros de la iglesia nos es muy fácil aceptar a gente que tiene la apariencia de ser buena, pero somos súper rápidos para juzgar a alguien que tenga la apariencia de un “pecador” aun cuando sea totalmente bueno por dentro. El moral de las dos historias es lo mismo: no pongas etiquetas sobre las personas, y no juzgues los libros por su tapa. No quieres cargar durante toda la vida la culpa de crucificar a un inocente.

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