Habitación
blanquísima del interior de la casa de Bernarda. Muros gruesos. Puertas en arco
con cortinas de yute rematadas con madroños y volantes. Sillas de anea. Cuadros
con paisajes inverosímiles de ninfas o reyes de leyenda. Es verano. Un gran
silencio umbroso se extiende por la escena. (Direcciónes del escenario, Acto I,
La Casa de Bernarda Alba, Lorca)
Como charlamos
en clase, la obra “La Casa de Bernarda Alba” nos muestra una situación muy
parecida a la que tenemos en la cultura mormona. Como miembros intentamos tener
un hogar “blanquísimo” y muros muy gruesos para protegernos de los peligros y
los vicios del mundo. A menudo, eso resulta en familias y hogares donde reina
el silencio; donde hay una tensión en el aire entre padre e hijo. Los padres
quieren proteger, y los hijos quieren tener libertad. La obra saca a luz una
pregunta dificilísima: ¿Cómo se puede dar muros gruesos de protección sin que
esos mismos muros sean una cárcel como pasó en la casa de Bernarda?
Al meditar sobre
esa pregunta, pensé en un artículo qué leí hace tiempo. Contó como los
astronautas, sin la presencia de la fuerza de gravedad del mundo pierden mucha
fortaleza en sus huesos, lo cual puede resultar en fracturas cuando de nuevo
llegan al mundo. De cierto modo, eso es parecido a lo que Bernarda y los padres
ansiosos intentan hacer. Intentan aislar a sus hijos de las fuerzas del mundo.
Lo que ellos y los astronautas se olvidan es que sin la presencia de esas
fuerzas del mundo, sin la oposición, uno queda totalmente débil. Sin levantar
pesas, jamás tendré músculos; sin tener desafíos y enfrentar la tentación,
jamás seré fuerte en lo espiritual.
Creo que
podemos aprender la solución del ejemplo de los astronautas. Ellos aprendieron
que estar totalmente aislado de la gravedad les hace mal, entonces comenzaron a
hacer ejercicios especiales en su aislamiento para fortalecerse, y cuando
vuelven al mundo andan con cuidado hasta que sus huesos desarrollen la fuerza
necesaria. Cómo un padre uno, sí, puede tener muros muy gruesos, pero a cambio
de Bernarda, y para que su historia no termina cómo la de Bernarda, un padre debe
también saber exponer a sus hijos a desafíos y decisiones para que no ellos no
se queden como los astronautas, débiles.
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